Fotógrafo
documental y periodista de Barcelona, especializado
en historias medioambientales.
La
imagen que corona el cerro fue dinamitada en la Guerra Civil y
reconstruida en el franquismo, y un abogado la llevó dos veces al
Supremo. Abajo, un pueblo de la huerta de Murcia la defiende, la
discute o la ignora
El Cristo de Monteagudo, reflejado en un escaparate de dicha localidad murciana. Fotografía de Jordi Jon Pardo.
Se
llega desde Murcia por la N-340. En la medianera de un edificio, a la
entrada del pueblo, hay pintados dos hombres. Uno lleva corona y una
pluma de escribir. El otro, turbante y una daga plateada. Y un
rótulo, Monteagudo, frontera de reinos.
Al
caer la noche, la vida se traslada al pie del cerro. Hay una
explanada de cemento a la que suben, las noches de buen tiempo,
coches de toda la Región. Hay quien cena en el coche, quien fuma con
las ventanillas bajadas, y en algún asiento de atrás hay amantes.
Arriba,
donde arranca la escalera, hay una puerta metálica cerrada con
candado. Ahí se acaba el pueblo y empieza la fortaleza. Debajo se
junta la gente. A la cima solo sube quien se cuela.
De
día se sube hasta un mirador. Desde ahí el Cristo queda enfrente,
tan encima que hay que echar la cabeza atrás para verlo entero.
Catorce metros de Cristo sobre un armazón de hierro. Y debajo, una
fortaleza andalusí del siglo XI. Ibn Mardanish, el Rey Lobo, gobernó
la taifa de Murcia entre 1147 y 1172 e hizo de este puntal una línea
defensiva. Desde esta roca se vigilaba el agua que ordenaba la
huerta, y esa agua sigue bajando por los mismos canales.
Es
el segundo Cristo que ha coronado el cerro. Del primero no queda en
pie nada. Sigue desmembrado entre las ruinas de la fortaleza, el
corazón, la cabeza.
Lo
que hay debajo
El
primero, un Sagrado Corazón del escultor Anastasio Martínez, se
inauguró el 31 de octubre de 1926, bajo la dictadura de Primo de
Rivera. Veinte toneladas de escultura sobre la fortaleza del Rey
Lobo. Duró diez años. La parroquia celebra este año aquel
centenario, con un Año Jubilar concedido por la Santa Sede.
En
septiembre de 1936, ya en guerra, el pleno municipal acordó su
demolición; la voladura llegó el 24 de noviembre. Lo dinamitaron
con unos tirantes que lo empujaron hacia atrás, para que no cayera
sobre el pueblo, y al caer rompió la bóveda de unas estancias. Para
los noventa años de aquello no hay nada anunciado.
Lo
cuenta María Dolores Abellán, la quiosquera del pueblo, la mujer
que guarda las llaves de la iglesia. Lo cuenta como si lo hubiera
visto. Lo dinamitaron, cayó para atrás, quedó el corazón, quedó
una mano y quedó la cabeza, y a fuerza de martillazo fueron llevando
los trozos. Los trozos se los llevaban como recuerdo.
En
los papeles del pleito, casi ochenta años después, el abogado que
quiso quitar el Cristo, José Luis Mazón, escribió otra razón. Lo
dinamitaron por acuerdo del Ayuntamiento, porque era un símbolo del
fascio levantado en armas. Para Carlos Casero, el párroco, esa
cabeza sigue siendo sagrada. María Dolores la vio entre la maleza
hace años, caída de lado; se le veía un ojo. “Yo ya no sé lo
que quedará”, dice. “Estoy hablando de muchos años”.
Y
entonces lo erigieron de nuevo. El segundo Cristo se inauguró el 28
de octubre de 1951, en pleno franquismo, en el mismo sitio, obra de
Nicolás Martínez Ramón, hijo de Anastasio. Lo hizo el hijo del
hombre que lo había hecho. El primero lo pagó una suscripción
entre los vecinos; el segundo, quince años después de la voladura,
otra suscripción y dinero de las instituciones.
En
el pueblo casi todos tienen un pariente metido en aquella obra. Pepe
Sanz subió de crío por el interior hueco de la figura hasta la
cabeza; tiene ochenta y nueve años y no ha vuelto. Para qué, dice,
si lo ve cada día desde el patio de su casa.
Los trabajadores que levantaron el segundo Cristo de Monteagudo, encaramados a la estatua.
La
ermita de San Cayetano está al pie del cerro, junto al centro de
visitantes, donde arranca la escalera y empieza la visita oficial. Un
domingo por la mañana hay misa. Al final se dan la paz, y son casi
todo manos de mujer. Juan José Alacid, de la Hermandad, apaga las
velas y cierra la puerta al salir. Conoce el destino del Cristo
viejo. El primero tenía los brazos hacia adelante y cayó con ellos
por delante. El segundo los abre en cruz. El párroco tiene una
lectura y avisa de que es suya. Un pueblo levantó la imagen, la
derribó, y la imagen volvió con los brazos más abiertos. Para
María Dolores significa que está recogiendo a toda la gente, que
vengan a mí todos. Las ideas bajan del púlpito al mostrador del
quiosco.
En
2010, el abogado José Luis Mazón llevó el Cristo a los tribunales.
Nació en Orihuela, a veinte kilómetros de Murcia, y hoy vive en
Madrid. La idea fue de su hijo. Tenía catorce años, estaban en el
monte, y Mazón le comentó que el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos acababa de fallar contra los crucifijos en las escuelas
italianas. El chico señaló el cerro de enfrente: “Pues eso que
tienes allí está en el mismo caso”.
Presentó
dos pleitos. El primero contra el símbolo religioso en un Estado
aconfesional; lo desestimaron, y el Supremo confirmó la
desestimación en 2013. El segundo invocando un decreto franquista de
1949 que prohibía instalar nada sobre las fortalezas. El Cristo de
1951, alegó, era ilegal hasta para la legislación de Franco.
También acabó en el Supremo, que lo inadmitió sin entrar al fondo.
Perdió los dos.
En
el pueblo, dieciséis años más tarde, cada cual guarda su versión.
Francisco Garrigó, nacido en 1936, el año de la voladura, estuvo en
la manifestación. “Si tú no quieres ver un partido de fútbol”,
dice, “quitas la tele y no lo ves. Y si tú no quieres ver el
Cristo, pues no lo mires”. Eva Nicolás, nacida en el pueblo, se
ríe al recordarlo. Dice que aquí se libró la más grande, las
señoras mayores tirándose de los pelos. “No lo consienten. La
única vez que he visto a este pueblo moverse. Por eso no lo van a
quitar nunca”.
Al
abogado el pueblo le atribuye un motivo, hacerse famoso, y él lo
despacha en tres palabras: “Ya lo era”. Dice que la fama no pudo
ser el motivo porque vio desde el principio que el pleito le iba a
costar caro. Y le costó. Sus propios compañeros de profesión le
guardaron las distancias. “Noté que mi clientela descendió”.
Cuenta pintadas con su nombre y la palabra muerte, el rumor de una
colecta para mandarlo al hospital, semanas sin poder pasar por
Murcia. Lo llama la aventura quijotesca más grande de su vida. La
herida, asegura, la tiene cicatrizada. “No es ninguna espina
pendiente, es una espina que ya se ha secado”.
A
quienes lo llaman símbolo franquista, el párroco les responde con
el calendario: “En 1926 no había franquismo en España”. El
abogado contesta con otro. “No había franquismo, pero había otro
prefranquismo, que fue Primo de Rivera. Pero era un Estado
confesional. Aquello también es símbolo de la primacía de la
España católica, de la reserva espiritual de Occidente, que luego
Franco asimilaría”. Y una intención, dice: “Se colocó sabiendo
que la fortaleza era árabe, para decir que los cristianos estamos
por encima de los musulmanes”. Sobre los restos del de 1936 el
párroco no rebaja nada. Es una imagen sagrada profanada, dice, el
signo de un momento en el que nos molestó Cristo ahí encima.
La
quiosquera del Corazón
María
Dolores nació al lado del Corazón de Jesús, en 1955, cuatro años
después de que levantaran el actual, y lleva cuarenta años detrás
del mostrador de su quiosco. Donde otros dicen Cristo, ella dice el
Corazón de Jesús. Duerme junto a una ventana; al darse la vuelta en
la cama, lo está viendo. Si un día lo quitaran, dice, se muere ella
después. Cuando el abogado quiso quitarlo, fue ella la que sacó el
altavoz a la puerta de la iglesia y juntó las firmas. Guarda un
archivo entero, recortes de La Verdad, fotos de la manifestación. El
periódico se hace a las afueras, en el camino viejo que lleva al
pueblo, en una redacción desde la que se ve el Cristo. Es la memoria
en papel de un pueblo que solo se movió una vez.
Antes,
recuerda, una casera del pueblo guardaba la llave. Se la pedías,
subías a ver el Cristo y se la devolvías. Hoy la puerta tiene
candado. La fortaleza es del Ministerio. De las cuatro fases de
restauración previstas solo se ha ejecutado una, y ni lo consolidado
se visita, porque Ayuntamiento y Ministerio llevan años sin firmar
el convenio de mantenimiento. El Plan Director, dice Sergio Pacheco,
presidente de la asociación Huermur, ha quedado “guardado en un
cajón”. El Cristo se hizo con donativos de la gente, dice el
párroco; y a la pregunta de quién lo mantiene ahora, responde en
una palabra: “Nadie”.
A
nosotros no nos estorba, dice María Dolores. Y dice que no se
considera mejor que nadie por el Corazón de Jesús, que ella nació
al lado y punto, en el azar de un pueblo, igual que otro nació en
otro sitio. Para ella el Cristo es muy importante, dice; para otros
no, y no le parece mal.
María
Dolores construyó con sus manos una maqueta de su propio quiosco,
con la bandera y la estampa del Corazón en la ventana; los vecinos y
los clientes son figuritas de los Simpson. En el belén que monta el
pueblo por Navidad ponen también el cerro, con el Cristo encima.
Sobre el mostrador van saliendo fotos. Ella lo llama su archivo. El
primer Cristo entero, antes de la voladura. Los andamios de madera y
la carrucha de la parte de atrás, por donde subían los materiales.
Los obreros encaramados al segundo cuando lo levantaban. Las columnas
de ladrillo que ya no están. Entre las estampas de devoción, una
con una palabra impresa, “Reinaré”. Quería decir, explica, que
reinará en España. Lo dice con la naturalidad de quien enseña una
foto de familia, y antes de la despedida regala una estampa del
Corazón, como quien da un caramelo.
María Dolores Abellán, en su quiosco, enseña una maqueta hecha por ella misma.
Fotografía de Jordi Jon Pardo.
El
pueblo doble
Abajo
hay dos pueblos, y quien lo explica es Eva Nicolás, que tiene
cuarenta y nueve años y hoy vive en La Manga del Mar Menor. Está el
centro antiguo, donde cada cual es el hijo de no sé quién. Y está
la otra Monteagudo, la de este siglo, casas nuevas, colegio,
aparcamiento, gente que llegó hace veinte años y a la que Eva,
siendo de aquí, no conoce. “Esto es como si fuera una ciudad
dormitorio”, dice. “Se utiliza más bien para dormir que para
otra cosa”.
Y
en medio, la huerta. “Se ha urbanizado mucho y está perdiendo su
esencia”, dice Eva. “Es una tierra un poco asfixiada de tanto
uso”. Cada cual se ha hecho lo suyo en su roalico, su chalet y su
almacén de cítricos. Las cuadrillas son marroquíes. El riego, en
cambio, es el mismo desde hace mil años. “Las boqueras, las
acequias, toda la trama de regadío que hay es idéntica”.
El
padre de Eva, ya jubilado, cuidaba unos limoneros ajenos junto a un
jornalero marroquí. “Le decía: mira, mi moro. Y el otro decía:
mira, mi cristiano”, cuenta ella. “No sé por qué se decían
así. Siempre estaban juntos cuando iban por allá arriba”. Subían
al cerro cada uno con su nombre para el otro, y así durante años.
El
puesto que ocupaba el padre de Eva lo ocupa hoy Abdul Adel. Uno nació
en el pueblo; el otro, en Marruecos. Vive en la casa pegada a la del
dueño de las tierras. Llegó en los últimos años de la peseta y
lleva aquí más de media vida. Fumiga, poda, maneja maquinaria,
cuida unas cabras. Sabe leer las plantas y las nombra en sus dos
lenguas, la hierbabuena que es naná, y la timija, su tomillo. Reza
cinco veces al día. Y cuando se le pregunta hacia dónde está la
Meca, señala por donde sale el sol y corrige un poco a la derecha.
La
fortaleza que hay arriba la levantaron los musulmanes que mandaban
aquí hace mil años. También las acequias que riegan la huerta
tienen nombre en sus dos lenguas. La acequia de Murcia es la saqiya
de Marruecos, dos formas de la misma palabra. Enciende un cigarro y
mira el paisaje. “Por eso se parece a Marruecos”. Los canales que
ordenan la huerta los trazaron personas que rezaban como él, antes
de que hubiera ningún Cristo en lo alto. El Cristo, a él, no le
pesa. Está ahí arriba, y él reza abajo mirando al sol.
Eva,
que es del pueblo y no reza a nada, lo ve parecido. “Yo no sabía
que el cementerio de Monteagudo antes había sido unos baños
árabes”, dice. “Había como una obsesión de los católicos por
construir encima de lo que había. Toda Murcia está encima de una
ciudad enterrada”. Y no va desencaminada. Bajo las calles siguen
los restos de Mursiya, la medina que fundó un emir en el siglo IX.
La catedral se levantó sobre la mezquita mayor. Donde hay un altar
hubo antes un mihrab, y antes del mihrab, quién sabe.
Los
hijos de Youssef
Este
verano se ha jugado un Mundial. La noche en que Marruecos ganó a
Holanda, más de una docena de jóvenes suben al mirador con un
altavoz. El Cristo les queda justo encima, de cara, con los brazos
abiertos. Suena chaabi, la música de fiesta de la tierra de sus
padres. Cantan en árabe. Las palmas marcan el ritmo. Empiezan las
videollamadas con los que están lejos. En mitad de la celebración,
uno se cae de espaldas y resbala por la ladera, entre piedras. La
música se para y todos se asoman al borde de cemento, llamándole a
gritos. No le pasa nada. Al recomponerse se ríe él primero, y los
gritos se vuelven risas. Vuelve, y vuelven las palmas.
Son
jóvenes de Oulad Youssef, una comuna rural de la provincia de Beni
Mellal cuyo nombre significa los hijos de Youssef. Trabajan
repartidos por Europa, muchos en el campo. Rayan vive en Milán.
Wassim pasó por Madrid y ahora vive en Murcia. En verano se juntan
donde vive alguno del grupo, y este año ha tocado Murcia. Allí
Europa tiene los nombres del primo que trabaja en Murcia, del vecino
instalado cerca de Bérgamo, del hermano que manda dinero cada mes.
Suben al mirador casi cada noche. Arriba corre el aire y la música
no molesta a nadie.
Wassim
nació en 2005. Duerme en una casa de la huerta, en una habitación
compartida por la que paga unos doscientos euros al mes. Esa noche se
habla de papeles, de contratos y de ciudades. Les gusta Murcia, en
Alicante se divierten más, y Wassim echa de menos Madrid, pero era
cara. Dos se sofocan haciendo el tonto mientras bailan y acaban
peleándose. Lo arreglan dándose la mano, y los demás ayudan a que
se la den.
Rayan, Wassim y otros amigos fuman cachimba en lo alto del cerro.
Fotografía de Jordi Jon Pardo.
La
noche de la celebración quieren subir hasta el Cristo. “De noche
es muy peligroso. De noche mejor no”, avisa Wassim. Él y Rayan
quedan para otra tarde. La tarde acordada, después de la cachimba,
hacen de guías por donde la valla se acaba, trepando unas piedras.
De la fortaleza saben, más o menos, que era árabe. “El Cristo es
de los españoles de aquí”, dice Wassim. Todos han subido alguna
vez. María Dolores subió y hace tiempo que no vuelve. Pepe subió
de crío por dentro de la figura y no ha vuelto. Mazón subió
saltando, con unos chicos de la zona. El párroco dice que no se
puede subir, y en mitad de la conversación mira hacia arriba. “Mira,
ahora mismo hay gente. Esos que han saltado la valla”. Por ahí
suben Rayan y Wassim.
Caminan
por escaleras y pasillos montados sobre una estructura metálica,
para no pisar la ruina. El destrozo de 1936 sigue donde cayó. Hay
agujeros, los que abrió el primer Cristo al hundir las bóvedas, y
pedazos desperdigados, menos lo que la gente fue llevándose. Conocen
el candado, y conocen las cámaras rotas, colgando casi todas de sus
cables. Abajo el calor los tiene sin camiseta; al llegar arriba
anochece, el viento es más fuerte, y se la ponen. Se hacen unas
fotos entre ellos, fuman, gritan contra el viento, con Murcia entera
dando la vuelta al cerro.
A
las salas abovedadas se baja por una pendiente de piedra suelta,
matorral y lo que ha ido quedando. Ahí dentro está la cabeza del
primer Cristo. Bajan despacio. Al hacerse de noche encienden las
linternas de los móviles y salen. En una de las salas abovedadas
quedan los nombres grabados entre rayones, Fernando, Pedro, Ismael,
Anas, Italia, y fechas de hace décadas, un 1995, un 1-5-99. Los
suyos no están. “¿Y para qué?”, dice Wassim. La cabeza del
primer Cristo se quedó arriba, a espaldas del segundo, boca abajo,
la cara contra el suelo, con las marcas de cuando la picaron. Este
otoño hará noventa años que está así.
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Nota
del autos del artículo; “Este reportaje ha sido posible gracias al
periodista Paulino
Ros Paredes”.
Fuente: Ctxt