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jueves, 12 de marzo de 2026

Vecinos de Cartagena denuncian inacción del SEPRONA ante vertidos y posible riesgo radiológico en El Hondón

 

 Por Rosa Roda   
       Periodista murciana.

El vecindario pide una reunión urgente con el Delegado del Gobierno, Francisco Lucas, y con los mandos de la Guardia Civil y recuerdan que el Seprona tiene la obligación legal de actúar


     La Asociación de Vecinos del Sector Estación y la Plataforma de Suelos Contaminados de Cartagena han presentado un escrito ante la Delegación del Gobierno en el que cuestionan abiertamente la actuación del Servicio de Protección de la Naturaleza (SEPRONA) de la Guardia Civil en el entorno de El Hondón. Lo que reprochan no es una decisión concreta, sino algo que consideran más profundo: la percepción de que, ante un problema que califican de estructural y persistente, la respuesta institucional ha sido más administrativa que operativa.


Irresponsabilidad de las administraciones con los terrenos de El Hondón.

El núcleo de la crítica no se sitúa en el plano jurídico, sino en el terreno práctico. Según los firmantes, las intervenciones realizadas hasta ahora no se han traducido en actuaciones materiales suficientes sobre el terreno. En su escrito enumeran lo que, a su juicio, debería haberse producido: personación inmediata en las zonas denunciadas, inspecciones técnicas in situ, levantamiento de diligencias completas, identificación de focos y posibles responsables, así como toma de muestras con cadena de custodia para su análisis en laboratorios acreditados.


Suelos mineros El Hondón en Cartagena.

Los colectivos recuerdan que el SEPRONA actúa como policía judicial especializada en materia medioambiental y que, ante la posible existencia de delitos contra el medio ambiente o la salud pública, su actuación -según sostienen- no debería limitarse a la mera tramitación administrativa o a la remisión de escritos entre organismos.

Escorrentías hacia el Mediterráneo

Para los vecinos, el problema no es nuevo. Pero sí lo es, aseguran, el grado de exposición actual. En el escrito describen la presencia de residuos peligrosos dispersos en antiguos enclaves industriales del entorno de El Hondón y Los Mateos. Sostienen que algunos de esos materiales son arrastrados por la lluvia hacia la rambla de El Hondón y la rambla del Cobre, cauces que finalmente desembocan en el mar Mediterráneo.

También alertan de la dispersión aérea de partículas. Según explican, el viento levanta polvo procedente de estos terrenos que termina depositándose en terrazas, patios y, en ocasiones, dentro de las propias viviendas.

El polvo que entra en casa

Uno de los aspectos que consideran más sensibles es la posible presencia de materiales similares a fosfoyesos con componente radiológico natural (NORM). Los vecinos subrayan que no afirman que exista un riesgo confirmado, pero sí reclaman que se investigue y se mida con rigor.

Por este motivo solicitan, si fuera necesario, la intervención del Consejo de Seguridad Nuclear para evaluar la naturaleza de los materiales presentes en la zona. Argumentan que cuando el polvo entra en los hogares deja de ser un problema exclusivamente industrial o urbanístico y pasa a afectar directamente a la salud, a la intimidad y a los derechos fundamentales de las personas.

El escrito cita expresamente varios preceptos constitucionales: el artículo 15, relativo al derecho a la vida y a la integridad física; el artículo 18, que protege la inviolabilidad del domicilio; el artículo 43, sobre la protección de la salud; y el artículo 45, que reconoce el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado.

Petición de intervención estatal

La denuncia no se dirige únicamente a la Guardia Civil. Los vecinos apuntan también a posibles responsabilidades de distintos organismos estatales. Señalan que, si existe afección a cauces públicos, la competencia corresponde a la Confederación Hidrográfica del Segura. Y si los arrastres alcanzan el litoral, debería intervenir la Demarcación de Costas del Estado en Murcia.

Por ello reclaman la convocatoria urgente de una reunión en la Delegación del Gobierno en la que participen todas las administraciones implicadas: Guardia Civil, organismos hidráulicos, Demarcación de Costas y, en su caso, el Consejo de Seguridad Nuclear.

Su objetivo, explican, es evitar que el problema continúe diluyéndose en intercambios de informes entre administraciones. Reclaman un calendario claro de actuaciones, inspecciones sobre el terreno y resultados verificables.

Un problema que, dicen, sigue activo

Cartagena convive desde hace décadas con el legado de su pasado industrial: antiguas fundiciones, vertederos y depósitos de residuos vinculados a la actividad minera y metalúrgica. Pero los vecinos sostienen que la situación actual no puede considerarse únicamente un pasivo histórico ya clausurado.

Según exponen en su escrito, se trataría de un escenario activo en el que los materiales siguen desplazándose con la lluvia y el viento, con posibles efectos sobre el entorno urbano.

Los colectivos advierten de que, si no se producen actuaciones efectivas, estudian trasladar la situación a la Fiscalía y también a la Comisión Europea por un posible incumplimiento de la normativa comunitaria en materia de residuos, aguas y calidad del aire.

La Delegación del Gobierno deberá decidir ahora si convoca la reunión solicitada por los colectivos vecinales. Mientras tanto, los vecinos mantienen su reclamación de actuaciones sobre el terreno para determinar si las irregularidades denunciadas pueden constituir un posible delito medioambiental o si, como temen, la contaminación continúa avanzando sin una respuesta efectiva.

¿Qué órdenes reciben los agentes del Seprona en Cartagena?

Un documento interno de la Guardia Civil, fechado el 1 de marzo de 2025 y firmado por el jefe de la Patrulla de Protección de la Naturaleza (PAPRONA) de Cartagena, refuerza las críticas vecinales sobre la falta de actuaciones operativas ante los problemas de contaminación en la zona. El informe, al que tuvo acceso RRNEWS, señala que no se realizó ninguna intervención sobre el terreno tras recibir tres denuncias enviadas por correo electrónico entre el 5 y el 18 de marzo sobre la situación del vertedero de residuos peligrosos de Torreciega tras varios episodios de lluvias intensas.


El SEPRONA en El Hondón.

Según el documento, las denuncias siguieron un recorrido administrativo entre distintas unidades -SEPRONA de Cartagena, UPRONA de Murcia y el juzgado- sin que se ejecutaran inspecciones ni actuaciones materiales. En una de ellas se alertaba de que más de 41 millones de litros de agua contaminada con metales pesados podrían haber sido arrastrados hacia la dársena del puerto de Cartagena desde los terrenos de la antigua Española del Zinc. Otra advertía del posible vertido de unos 2,5 millones de litros de lixiviados y residuos peligrosos hacia la rambla del Hondón, mientras que una tercera denunciaba movimientos de sustancias peligrosas dentro de la parcela contaminada sin medidas de prevención.

Es decir, el UPRONA de Murcia ordena informar, pero no actuar. El 31 de marzo, UPRONA de Murcia envió un correo electrónico indicando que debía informarse al denunciante de que las denuncias habían sido remitidas al juzgado. Eso es todo. Cierre administrativo. Ninguna instrucción sobre medidas preventivas, inspecciones o seguimiento. Nada.

El documento oficial que detalla todo este proceso, y que lleva el sello de la Dirección Adjunta Operativa de la Guardia Civil, expone de manera descarnada un sistema que funciona a base de correos, órdenes contradictorias y, sobre todo, inacción.

El propio documento refleja problemas de coordinación entre unidades y concluye que las denuncias fueron finalmente remitidas al juzgado, sin que conste la realización de inspecciones ni medidas preventivas sobre el terreno. Para los colectivos vecinales, este episodio evidencia una gestión basada en trámites administrativos y comunicaciones internas, pero con escasa respuesta operativa ante un problema ambiental que consideran grave. Los vecinos saben que algo pasa con el Seprona y por eso piden una reunión urgente con el Delegado del Gobierno y los altos mandos de la Guardia Civil.

Fuente: RRNEWS

viernes, 19 de diciembre de 2025

¡Estrómboli!

 

 Por Pedro Costa Morata
      Ingeniero, Periodista y Politólogo. Ha sido profesor en la Universidad Politécnica de Madrid. Premio Nacional de Medio Ambiente.

Más que Malta, con su megalitismo, sus asedios y murallas y sus recuerdos de la España imperial, era la pequeña y ruidosa isla de Estrómboli lo que más me atraía en mi viaje al Mediterráneo Central, tantas veces imaginado. Mis soñadores repasos al mapa del Mediterráneo solían detenerme en ese puntito excéntrico del grupo de las llamadas islas Eolias, tan evocador y certero, como pronto comprobaría, desparramadas al norte de Sicilia; pero creo que fue Julio Verne en su Viaje al centro de la tierra quien primero centró mi interés en su naturaleza volcánica, y pronto supe que esa actividad telúrica, de excesos periódicos, no cesa nunca. Porque, al final de esa obra en la que los expedicionarios vernianos, que buscaban las entrañas del planeta, se habían hundido por las grietas de un volcán islandés (de nombre impronunciable), tras tantas y tantas aventuras y desventuras, una corriente impetuosa de lava (benigna, había que pensar), los expulsó a la superficie y a la luz, encontrando en su deseada vuelta bajo el cielo a un pacífico pastor que, al ser angustiosa y gesticulosamente interpelado sobre qué tierra era aquella, este respondió, saliendo a malas penas de su sorpresa: “Stromboli”.


La lava alcanza el mar, solidificándose en profundidad. 


       No, que me despisto. De Estrómboli tuve una primera idea cuando aprendí en las clases de Geografía (mis preferidas) que en la tipología eruptiva de los volcanes figuraba la estromboliana, junto a la hawaiana, la vulcaniana y la pliniana. Y a la estromboliana correspondían explosiones esporádicas y moderadas, con lanzamiento de lava fluida desbordándose. Y luego, claro, esa isla-volcán, o volcán-isla me abdujo irremediablemente con la primera visión de la película Stromboli. Tierra de Dios (1950), dirigida por Roberto Rossellini e interpretada por Ingrid Bergman, una extranjera que pronto se siente asfixiada en la isla no tanto por sus limitadísimas perspectivas y su lejanía del mundo, cuanto por la rudeza e intemperancia de sus pobladores, esposo incluido. Se impone su decisión de escapar de cualquier modo de aquella prisión rodeada de mar y acaba pagando con la vida al fracasar su plan de huida y ser atrapada por las emanaciones mortales del monstruo indomable.

      En esto pensaba yo, y especialmente en la Ingrid protagonista y su papel magistral, en mi ascenso estromboliano, un día de junio de 2023, más o menos sobrecogido por las explosiones y humaredas intermitentes y, sobre todo, por el derrame de lava en el costado noreste de la isla, que aumenta así, lentamente, de tamaño con la solidificación de ese material incandescente que se desliza incesante por la ladera infernal. El viento azotaba mi rostro tratando inútilmente de volverlo buscando una dirección inocua, y me confirmaba por qué Eolo, en un día lejano, impuso a estas gentes su nombre dominador. Mi ascenso, iniciático, sin dejar de observar la columna irregular de humo negro y muy alerta a los exabruptos de sus tres conos, llegó hasta los 400 m, más o menos (su altitud supera ligeramente los 900 m), donde una valla advierte a los temerarios que si dan un paso más, y son pillados por los guardas, tendrán que pagar una multa de 500 euros.

      Cuando me lancé tomando altura en zigzag los hados benéficos me hicieron pasar delante de la modesta casa en la que reza un cartelito que recuerda que ahí se alojó la divina sueca durante el rodaje de la película inolvidable; y pronto surgió a mi lado una estromboliana profesora en Brighton, con la que compartí recuerdos de la fría costa sur de Inglaterra: que si Hastings, que si Rye, que si los coves y sus piers, los coastal tracks..., y que supo indicarme con exactitud los pasos y senderos a acometer en mi dubitativo inicio (porque nunca faltan, en mis peripecias terrenales, ángeles custodios no siempre etéreos, que me balizan, enderezan y a veces salvan).

      La isla es pequeña, en efecto, con un contorno de unos 12 kilómetros y dos poblaciones, San Vincenzo, la principal, que ocupa el sector este-sureste de la isla, y Ginostra, en el extremo opuesto, mucho más pequeña. En total, la población de ambos puntos no llega al medio millar, siendo muy placentera la visión del pueblo blanco y sus urbanizaciones estiradas por la costa a su levante, también de blancura inexcusable, siempre sobre el fondo negro y rugoso de las lavas acumuladas en milenios, que se adornan de un verde luminoso cuando la lluvia, mediterráneamente avara, se deja caer. Y llama la atención, en la parte urbana de esta isla la ausencia total de automóviles... Ninguna calle, siempre en ladera, supera la anchura de los dos metros, así que no hay automóviles, sino unos motocarros tipo tuk-tuk que valen para todo, pero que ponen en un compromiso a los viandantes cuando el encuentro es inevitable; más motos, bicis eléctricas, carricoches tipo golf... Todo bulle, ruidosamente en Estrómboli durante el día, pero en la noche se impone un silencio absoluto, que aquí tiene algo de imperioso toque de queda.

       Una noche excelente, en la que la bohemia marca la pauta y los sentidos se adaptan al cosmopolitismo y al amistoso parlare, sin problema alguno de lenguas o de orígenes. Todo ello desparramado en el breve pueblo originario, a los pies de la iglesia de San Vincenzo. Son en total media docena de bares y restaurantes, casi todos mirando al islote Strombolicchio, donde luce el único faro de la isla (el volcán ya señala suficientemente posición con su perfil y sus destellos). Escogí mi bar, el Ingrid por supuesto, y acerté, pudiendo platicar sin agobios con un chileno más que adaptado, personaje-prototipo de estos locales y paisajes (que lo mismo te lo encuentras en la noche de Ibiza que en la de Túnez o Helsinki).


Modesto pueblo de San Vincenzo.

        Me pareció ver, entre el gentío que sube y baja de los veloces ferris no más de dos guardias locales, que no paraban de charlar, al paso, con los locales. De estos, muchos siguen dedicándose a la pesca, entre otras cosas porque los precios turísticos de su pescado no dejan de animarlos a salir a la mar. No conseguí, no obstante, que en mis tres días de estancia los autorizados a pasear turistas dándole la vuelta a la isla, pasando por Ginostra, accedieran a mi deseo de tomarle las medidas debido -insistían- al estado de la mar (que yo veía tan asequible, sin inspirarme ningún temor).


Pescadores de Estrómboli.

    En mi “descubrimiento” de Estrómboli quise ceñirme a mis primeras incursiones reflexivas en las leyendas constructivas de nuestro mundo clásico: aquellas que, conduciéndome irremediablemente a Troya, me topaban con Ulises de Ítaca, quien desde entonces he considerado mentor y compañero. Y al Odiseo de la Odisea evoqué cuando, a media altura del volcán creí contemplar la estela levemente espumosa que dejaba la cóncava nave en la que el héroe y sus compañeros descendían desde las costas peninsulares de Italia hacia Sicilia, librándose de las sirenas procaces y arrumbando al sur; que no dejaron de advertir, con mirar temeroso, al gigante y su penacho y ronquidos, lo que recoge esa Odisea en su canto XII: “vimos humo y altísimas olas y oímos gran ruido...”.

       Ahí estaba Estrómboli, bajo mis pies, después de tanto tiempo de soñarla sobre mis atlas y entre mis islas por visitar, hollar y meditar. Como lo está Ítaca desde, casi, las mismas emociones contenidas, cuando la Odisea me alcanzó para embarcarme, en carne o mente, en un mar de riberas fascinantes, gentes admirables y leyendas alcanzables (pero Ítaca, que el poeta sabe que es señuelo y hacia ella el viajero aprende a ser paciente, no me apremia ni urge, porque sé que desde siempre está esperándome.)