Por
David
Pamies Entre 1940 y 1960 la administración y los regantes concibieron la transformación de la laguna salada en una presa de agua dulce que aprovechara los excedentes del Segura en un proyecto que descartó tras la aprobación del trasvase del Tajo
Si alguien proyectara hoy la construcción de un embalse en la laguna de La Mata de Torrevieja, uno de los espacios naturales más destacados por su riqueza medioambiental y su singularidad paisajística de Europa, como poco parecería un disparate, o directamente una aberración. Y, sin embargo, la idea de aprovechar la laguna que hoy conocemos como hábitat de especies como el flamenco, en un entorno de viñedos junto al mar y vegetación de saladar, como presa donde reservar las aguas sobrantes del Segura, estuvo a punto de ser una realidad en los años 60.
La idea de un embalse matero surgió en los años 40. Lo contaron en su día María Inmaculada López Ortíz, catedrática y directora de la Cátedra del Agua de la Universidad de Alicante, y Joaquín Melgarejo Moreno, catedrático de Historia e Instituciones Económicas en esta misma Universidad. Fue en 1943 cuando la Compañía de Riegos de Levante presentó un anteproyecto por el que almacenar las aguas del Segura aprovechando la laguna de La Mata. Su construcción, dicen ambos autores, se relacionaba con la posibilidad de llevar el regadío al secano rabioso del Campo de Cartagena, para lo cual se concedió a la comunidad de regantes de los campos cartageneros un caudal de hasta 4 metros cúbicos/segundo de agua del río. Una concesión imposible de realizar en la práctica si la laguna, convertida en pantano, no les acercaba el agua a los murcianos.
Anteproyecto
La idea dormiría varios años en los cajones del entonces Ministerio de Obras Públicas, hasta que en 1955 otro anteproyecto aseguraba la viabilidad de la obra del que sería pantano regulador del tramo inferior de la cuenca del Segura y demostraba la rentabilidad de la inversión. Cuatro años después se iniciaban los estudios geológicos para valorar la impermeabilidad del terreno y su idoneidad para la construcción del embalse. También había que determinar su incidencia en la industria que en la vecina laguna explotaba la Nueva Compañía Arrendataria de las Salinas de Torrevieja, por entonces en pleno proceso de mecanización.
En el artículo que lleva el ilustrativo título de El embalse de La Mata o la ambición de regular al completo la cuenca del Segura, López Ortíz y Melgarejo explican que, en 1962, el ministerio presentó el anteproyecto a efectos de información pública. Para que las aguas de avenida del río llegaran al reservorio matero se diseñó un canal de alimentación de 10 kilómetros (con un túnel de 8.878 metros y una capacidad de 80 m3/ segundo. La toma estaría situada aguas arriba del azud de Alfeitamí, en Almoradí, y para cerrar la laguna de La Mata se construirían cuatro diques de tierra de 13 metros de altura como máximo y una longitud total de 6.030 metros. La obra permitiría la puesta en regadío de 68.000 hectáreas de secano: 48.000 en el Campo de Cartagena y las 20.000 en tierras próximas a la desembocadura del Segura. Se presentaron 207 escritos en el plazo de información y solo dos fueron contrarios a la construcción del embalse. Sería la reserva de agua situada más cerca de la costa y el fondo estaría por debajo del nivel del mar. Los objetivos estaban claros: aprovechar en su totalidad las aguas superficiales de la cuenca del Segura e impedir que las sobrantes se perdieran en el mar y dotar con nuevos recursos a las comunidades de regantes de ambas márgenes del Segura pero, sobre todo, del Campo de Cartagena, que esperaban rentabilizar sus tierras con el milagro del agua de La Mata.
Detractores
Los detractores del proyecto, que también los había, aducían la permeabilidad de la laguna como uno de los principales argumentos para su oposición. Hablaban de perjuicios en la industria salinera torrevejense por las filtraciones de agua dulce entre las lagunas de La Mata y Torrevieja, de elevadas pérdidas de agua en el reservorio por esta misma causa y aludían a la salinización de los recursos del embalse por las filtraciones de agua marina, a escasos 600 metros del charco matero. Otros incovenientes que apuntaban era el previsiblemente rápido aterramiento del vaso del embalse, debido a la gran cantidad de material que arrastra el agua de avenidas (25-30%), la elevada evaporación a que se verían sometidas las aguas embalsadas (por altas temperaturas medias y fuertes vientos) y en el poco fondo de la cuenca receptora del embalse que permitiría poca capacidad de almacenamiento. El rendimiento, anticipaban, sería escaso frente a la elevada inversión de la batería de obras que serían necesarias para construir el pantano.
Con el interés en que el embalse de La Mata fuera realidad por todo lo alto, la Confederación Hidrográfica del Segura se encargó con nuevos estudios de rebatir, uno por uno, los incovenientes de quienes lo rechazaban. Pero en 1967, y a pesar de las recurrentes promesas para la puesta en marcha del proyecto por parte de las autoridades y las grandes expectativas surgidas entre los nuevos empresarios agrícolas cartageneros, el pantano de La Mata no se veía por ninguna parte.
Los catedráticos de la Universidad de Alicante indican que los motivos aducidos para que no hubiesen comenzado las obras eran de índole técnica y económica pero, en realidad, el principal hándicap fue el enfrentamiento entre Murcia y Alicante por el destino de las aguas que se embalsarían en la pedanía torrevejense y por la «cooperación económica» con que los beneficiarios de la infraestructura debían contribuir para su realización.
La puntilla: el trasvase Tajo-Segura
La puntilla a este proyecto que ahora resulta impensable pero que encendió las ilusiones (y las reclamaciones) de miles de agricultores se la dio otra gran obra hidráulica que vino a transformar el territorio de la Vega Baja y, como habían esperado tanto tiempo, los municipios del Campo de Cartagena: el trasvase Tajo-Segura. Las zonas que tenían asignadas aguas del embalse matero serían las grandes beneficiarias del acueducto, aprobado en 1968. Así fue como, por esta carambola del Ministerio de Obras Públicas, la laguna de aguas esmeralda, la rica avifauna, los especiales viñedos de su redonda y el entorno que supone un verdadero oasis de naturaleza en el término municipal de Torrevieja, se quedaron donde están y donde se disfrutan.
El pantano de La Mata nos deja, y así concluyen los autores, una clara reflexión: «El deseo lógico de una región árida -como la cuenca del Segura- es que se construyan más embalses, que se regule más. Sin embargo, existen unos límites a esta pretensión que son necesarios considerar y conducen a la conclusión de que el aprovechamiento hasta la última gota de las aguas superficiales de una cuenca no puede conseguirse mediante la construcción de grandes obras de regulación, existen límites -económicos y físicos- que de rebasarse pueden traer consigo más perjuicios que beneficios».
Fuente: INFORMACIÓN



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