viernes, 14 de agosto de 2026

El Cristo de Monteagudo, cien años de un símbolo en pleito

 

 Por Jordi Jon Pardo   
      Fotógrafo documental y periodista de Barcelona, ​​especializado en historias medioambientales.


La imagen que corona el cerro fue dinamitada en la Guerra Civil y reconstruida en el franquismo, y un abogado la llevó dos veces al Supremo. Abajo, un pueblo de la huerta de Murcia la defiende, la discute o la ignora


El Cristo de Monteagudo, reflejado en un escaparate de dicha localidad murciana. Fotografía de Jordi Jon Pardo.


     Se llega desde Murcia por la N-340. En la medianera de un edificio, a la entrada del pueblo, hay pintados dos hombres. Uno lleva corona y una pluma de escribir. El otro, turbante y una daga plateada. Y un rótulo, Monteagudo, frontera de reinos.

Al caer la noche, la vida se traslada al pie del cerro. Hay una explanada de cemento a la que suben, las noches de buen tiempo, coches de toda la Región. Hay quien cena en el coche, quien fuma con las ventanillas bajadas, y en algún asiento de atrás hay amantes.

Arriba, donde arranca la escalera, hay una puerta metálica cerrada con candado. Ahí se acaba el pueblo y empieza la fortaleza. Debajo se junta la gente. A la cima solo sube quien se cuela.

De día se sube hasta un mirador. Desde ahí el Cristo queda enfrente, tan encima que hay que echar la cabeza atrás para verlo entero. Catorce metros de Cristo sobre un armazón de hierro. Y debajo, una fortaleza andalusí del siglo XI. Ibn Mardanish, el Rey Lobo, gobernó la taifa de Murcia entre 1147 y 1172 e hizo de este puntal una línea defensiva. Desde esta roca se vigilaba el agua que ordenaba la huerta, y esa agua sigue bajando por los mismos canales.

Es el segundo Cristo que ha coronado el cerro. Del primero no queda en pie nada. Sigue desmembrado entre las ruinas de la fortaleza, el corazón, la cabeza.

Lo que hay debajo

El primero, un Sagrado Corazón del escultor Anastasio Martínez, se inauguró el 31 de octubre de 1926, bajo la dictadura de Primo de Rivera. Veinte toneladas de escultura sobre la fortaleza del Rey Lobo. Duró diez años. La parroquia celebra este año aquel centenario, con un Año Jubilar concedido por la Santa Sede.

En septiembre de 1936, ya en guerra, el pleno municipal acordó su demolición; la voladura llegó el 24 de noviembre. Lo dinamitaron con unos tirantes que lo empujaron hacia atrás, para que no cayera sobre el pueblo, y al caer rompió la bóveda de unas estancias. Para los noventa años de aquello no hay nada anunciado.

Lo cuenta María Dolores Abellán, la quiosquera del pueblo, la mujer que guarda las llaves de la iglesia. Lo cuenta como si lo hubiera visto. Lo dinamitaron, cayó para atrás, quedó el corazón, quedó una mano y quedó la cabeza, y a fuerza de martillazo fueron llevando los trozos. Los trozos se los llevaban como recuerdo.

En los papeles del pleito, casi ochenta años después, el abogado que quiso quitar el Cristo, José Luis Mazón, escribió otra razón. Lo dinamitaron por acuerdo del Ayuntamiento, porque era un símbolo del fascio levantado en armas. Para Carlos Casero, el párroco, esa cabeza sigue siendo sagrada. María Dolores la vio entre la maleza hace años, caída de lado; se le veía un ojo. “Yo ya no sé lo que quedará”, dice. “Estoy hablando de muchos años”.

Y entonces lo erigieron de nuevo. El segundo Cristo se inauguró el 28 de octubre de 1951, en pleno franquismo, en el mismo sitio, obra de Nicolás Martínez Ramón, hijo de Anastasio. Lo hizo el hijo del hombre que lo había hecho. El primero lo pagó una suscripción entre los vecinos; el segundo, quince años después de la voladura, otra suscripción y dinero de las instituciones.

En el pueblo casi todos tienen un pariente metido en aquella obra. Pepe Sanz subió de crío por el interior hueco de la figura hasta la cabeza; tiene ochenta y nueve años y no ha vuelto. Para qué, dice, si lo ve cada día desde el patio de su casa.


Los trabajadores que levantaron el segundo Cristo de Monteagudo, encaramados a la estatua.

La ermita de San Cayetano está al pie del cerro, junto al centro de visitantes, donde arranca la escalera y empieza la visita oficial. Un domingo por la mañana hay misa. Al final se dan la paz, y son casi todo manos de mujer. Juan José Alacid, de la Hermandad, apaga las velas y cierra la puerta al salir. Conoce el destino del Cristo viejo. El primero tenía los brazos hacia adelante y cayó con ellos por delante. El segundo los abre en cruz. El párroco tiene una lectura y avisa de que es suya. Un pueblo levantó la imagen, la derribó, y la imagen volvió con los brazos más abiertos. Para María Dolores significa que está recogiendo a toda la gente, que vengan a mí todos. Las ideas bajan del púlpito al mostrador del quiosco.

En 2010, el abogado José Luis Mazón llevó el Cristo a los tribunales. Nació en Orihuela, a veinte kilómetros de Murcia, y hoy vive en Madrid. La idea fue de su hijo. Tenía catorce años, estaban en el monte, y Mazón le comentó que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos acababa de fallar contra los crucifijos en las escuelas italianas. El chico señaló el cerro de enfrente: “Pues eso que tienes allí está en el mismo caso”.

Presentó dos pleitos. El primero contra el símbolo religioso en un Estado aconfesional; lo desestimaron, y el Supremo confirmó la desestimación en 2013. El segundo invocando un decreto franquista de 1949 que prohibía instalar nada sobre las fortalezas. El Cristo de 1951, alegó, era ilegal hasta para la legislación de Franco. También acabó en el Supremo, que lo inadmitió sin entrar al fondo. Perdió los dos.

En el pueblo, dieciséis años más tarde, cada cual guarda su versión. Francisco Garrigó, nacido en 1936, el año de la voladura, estuvo en la manifestación. “Si tú no quieres ver un partido de fútbol”, dice, “quitas la tele y no lo ves. Y si tú no quieres ver el Cristo, pues no lo mires”. Eva Nicolás, nacida en el pueblo, se ríe al recordarlo. Dice que aquí se libró la más grande, las señoras mayores tirándose de los pelos. “No lo consienten. La única vez que he visto a este pueblo moverse. Por eso no lo van a quitar nunca”.

Al abogado el pueblo le atribuye un motivo, hacerse famoso, y él lo despacha en tres palabras: “Ya lo era”. Dice que la fama no pudo ser el motivo porque vio desde el principio que el pleito le iba a costar caro. Y le costó. Sus propios compañeros de profesión le guardaron las distancias. “Noté que mi clientela descendió”. Cuenta pintadas con su nombre y la palabra muerte, el rumor de una colecta para mandarlo al hospital, semanas sin poder pasar por Murcia. Lo llama la aventura quijotesca más grande de su vida. La herida, asegura, la tiene cicatrizada. “No es ninguna espina pendiente, es una espina que ya se ha secado”.

A quienes lo llaman símbolo franquista, el párroco les responde con el calendario: “En 1926 no había franquismo en España”. El abogado contesta con otro. “No había franquismo, pero había otro prefranquismo, que fue Primo de Rivera. Pero era un Estado confesional. Aquello también es símbolo de la primacía de la España católica, de la reserva espiritual de Occidente, que luego Franco asimilaría”. Y una intención, dice: “Se colocó sabiendo que la fortaleza era árabe, para decir que los cristianos estamos por encima de los musulmanes”. Sobre los restos del de 1936 el párroco no rebaja nada. Es una imagen sagrada profanada, dice, el signo de un momento en el que nos molestó Cristo ahí encima.

La quiosquera del Corazón

María Dolores nació al lado del Corazón de Jesús, en 1955, cuatro años después de que levantaran el actual, y lleva cuarenta años detrás del mostrador de su quiosco. Donde otros dicen Cristo, ella dice el Corazón de Jesús. Duerme junto a una ventana; al darse la vuelta en la cama, lo está viendo. Si un día lo quitaran, dice, se muere ella después. Cuando el abogado quiso quitarlo, fue ella la que sacó el altavoz a la puerta de la iglesia y juntó las firmas. Guarda un archivo entero, recortes de La Verdad, fotos de la manifestación. El periódico se hace a las afueras, en el camino viejo que lleva al pueblo, en una redacción desde la que se ve el Cristo. Es la memoria en papel de un pueblo que solo se movió una vez.

Antes, recuerda, una casera del pueblo guardaba la llave. Se la pedías, subías a ver el Cristo y se la devolvías. Hoy la puerta tiene candado. La fortaleza es del Ministerio. De las cuatro fases de restauración previstas solo se ha ejecutado una, y ni lo consolidado se visita, porque Ayuntamiento y Ministerio llevan años sin firmar el convenio de mantenimiento. El Plan Director, dice Sergio Pacheco, presidente de la asociación Huermur, ha quedado “guardado en un cajón”. El Cristo se hizo con donativos de la gente, dice el párroco; y a la pregunta de quién lo mantiene ahora, responde en una palabra: “Nadie”.

A nosotros no nos estorba, dice María Dolores. Y dice que no se considera mejor que nadie por el Corazón de Jesús, que ella nació al lado y punto, en el azar de un pueblo, igual que otro nació en otro sitio. Para ella el Cristo es muy importante, dice; para otros no, y no le parece mal.

María Dolores construyó con sus manos una maqueta de su propio quiosco, con la bandera y la estampa del Corazón en la ventana; los vecinos y los clientes son figuritas de los Simpson. En el belén que monta el pueblo por Navidad ponen también el cerro, con el Cristo encima. Sobre el mostrador van saliendo fotos. Ella lo llama su archivo. El primer Cristo entero, antes de la voladura. Los andamios de madera y la carrucha de la parte de atrás, por donde subían los materiales. Los obreros encaramados al segundo cuando lo levantaban. Las columnas de ladrillo que ya no están. Entre las estampas de devoción, una con una palabra impresa, “Reinaré”. Quería decir, explica, que reinará en España. Lo dice con la naturalidad de quien enseña una foto de familia, y antes de la despedida regala una estampa del Corazón, como quien da un caramelo.


María Dolores Abellán, en su quiosco, enseña una maqueta hecha por ella misma. 
Fotografía de Jordi Jon Pardo.


El pueblo doble

Abajo hay dos pueblos, y quien lo explica es Eva Nicolás, que tiene cuarenta y nueve años y hoy vive en La Manga del Mar Menor. Está el centro antiguo, donde cada cual es el hijo de no sé quién. Y está la otra Monteagudo, la de este siglo, casas nuevas, colegio, aparcamiento, gente que llegó hace veinte años y a la que Eva, siendo de aquí, no conoce. “Esto es como si fuera una ciudad dormitorio”, dice. “Se utiliza más bien para dormir que para otra cosa”.

Y en medio, la huerta. “Se ha urbanizado mucho y está perdiendo su esencia”, dice Eva. “Es una tierra un poco asfixiada de tanto uso”. Cada cual se ha hecho lo suyo en su roalico, su chalet y su almacén de cítricos. Las cuadrillas son marroquíes. El riego, en cambio, es el mismo desde hace mil años. “Las boqueras, las acequias, toda la trama de regadío que hay es idéntica”.

El padre de Eva, ya jubilado, cuidaba unos limoneros ajenos junto a un jornalero marroquí. “Le decía: mira, mi moro. Y el otro decía: mira, mi cristiano”, cuenta ella. “No sé por qué se decían así. Siempre estaban juntos cuando iban por allá arriba”. Subían al cerro cada uno con su nombre para el otro, y así durante años.

El puesto que ocupaba el padre de Eva lo ocupa hoy Abdul Adel. Uno nació en el pueblo; el otro, en Marruecos. Vive en la casa pegada a la del dueño de las tierras. Llegó en los últimos años de la peseta y lleva aquí más de media vida. Fumiga, poda, maneja maquinaria, cuida unas cabras. Sabe leer las plantas y las nombra en sus dos lenguas, la hierbabuena que es naná, y la timija, su tomillo. Reza cinco veces al día. Y cuando se le pregunta hacia dónde está la Meca, señala por donde sale el sol y corrige un poco a la derecha.

La fortaleza que hay arriba la levantaron los musulmanes que mandaban aquí hace mil años. También las acequias que riegan la huerta tienen nombre en sus dos lenguas. La acequia de Murcia es la saqiya de Marruecos, dos formas de la misma palabra. Enciende un cigarro y mira el paisaje. “Por eso se parece a Marruecos”. Los canales que ordenan la huerta los trazaron personas que rezaban como él, antes de que hubiera ningún Cristo en lo alto. El Cristo, a él, no le pesa. Está ahí arriba, y él reza abajo mirando al sol.

Eva, que es del pueblo y no reza a nada, lo ve parecido. “Yo no sabía que el cementerio de Monteagudo antes había sido unos baños árabes”, dice. “Había como una obsesión de los católicos por construir encima de lo que había. Toda Murcia está encima de una ciudad enterrada”. Y no va desencaminada. Bajo las calles siguen los restos de Mursiya, la medina que fundó un emir en el siglo IX. La catedral se levantó sobre la mezquita mayor. Donde hay un altar hubo antes un mihrab, y antes del mihrab, quién sabe.

Los hijos de Youssef

Este verano se ha jugado un Mundial. La noche en que Marruecos ganó a Holanda, más de una docena de jóvenes suben al mirador con un altavoz. El Cristo les queda justo encima, de cara, con los brazos abiertos. Suena chaabi, la música de fiesta de la tierra de sus padres. Cantan en árabe. Las palmas marcan el ritmo. Empiezan las videollamadas con los que están lejos. En mitad de la celebración, uno se cae de espaldas y resbala por la ladera, entre piedras. La música se para y todos se asoman al borde de cemento, llamándole a gritos. No le pasa nada. Al recomponerse se ríe él primero, y los gritos se vuelven risas. Vuelve, y vuelven las palmas.

Son jóvenes de Oulad Youssef, una comuna rural de la provincia de Beni Mellal cuyo nombre significa los hijos de Youssef. Trabajan repartidos por Europa, muchos en el campo. Rayan vive en Milán. Wassim pasó por Madrid y ahora vive en Murcia. En verano se juntan donde vive alguno del grupo, y este año ha tocado Murcia. Allí Europa tiene los nombres del primo que trabaja en Murcia, del vecino instalado cerca de Bérgamo, del hermano que manda dinero cada mes. Suben al mirador casi cada noche. Arriba corre el aire y la música no molesta a nadie.

Wassim nació en 2005. Duerme en una casa de la huerta, en una habitación compartida por la que paga unos doscientos euros al mes. Esa noche se habla de papeles, de contratos y de ciudades. Les gusta Murcia, en Alicante se divierten más, y Wassim echa de menos Madrid, pero era cara. Dos se sofocan haciendo el tonto mientras bailan y acaban peleándose. Lo arreglan dándose la mano, y los demás ayudan a que se la den.


Rayan, Wassim y otros amigos fuman cachimba en lo alto del cerro. 
Fotografía de Jordi Jon Pardo.


La noche de la celebración quieren subir hasta el Cristo. “De noche es muy peligroso. De noche mejor no”, avisa Wassim. Él y Rayan quedan para otra tarde. La tarde acordada, después de la cachimba, hacen de guías por donde la valla se acaba, trepando unas piedras. De la fortaleza saben, más o menos, que era árabe. “El Cristo es de los españoles de aquí”, dice Wassim. Todos han subido alguna vez. María Dolores subió y hace tiempo que no vuelve. Pepe subió de crío por dentro de la figura y no ha vuelto. Mazón subió saltando, con unos chicos de la zona. El párroco dice que no se puede subir, y en mitad de la conversación mira hacia arriba. “Mira, ahora mismo hay gente. Esos que han saltado la valla”. Por ahí suben Rayan y Wassim.

Caminan por escaleras y pasillos montados sobre una estructura metálica, para no pisar la ruina. El destrozo de 1936 sigue donde cayó. Hay agujeros, los que abrió el primer Cristo al hundir las bóvedas, y pedazos desperdigados, menos lo que la gente fue llevándose. Conocen el candado, y conocen las cámaras rotas, colgando casi todas de sus cables. Abajo el calor los tiene sin camiseta; al llegar arriba anochece, el viento es más fuerte, y se la ponen. Se hacen unas fotos entre ellos, fuman, gritan contra el viento, con Murcia entera dando la vuelta al cerro.

A las salas abovedadas se baja por una pendiente de piedra suelta, matorral y lo que ha ido quedando. Ahí dentro está la cabeza del primer Cristo. Bajan despacio. Al hacerse de noche encienden las linternas de los móviles y salen. En una de las salas abovedadas quedan los nombres grabados entre rayones, Fernando, Pedro, Ismael, Anas, Italia, y fechas de hace décadas, un 1995, un 1-5-99. Los suyos no están. “¿Y para qué?”, dice Wassim. La cabeza del primer Cristo se quedó arriba, a espaldas del segundo, boca abajo, la cara contra el suelo, con las marcas de cuando la picaron. Este otoño hará noventa años que está así.

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Nota del autos del artículo; “Este reportaje ha sido posible gracias al periodista Paulino Ros Paredes”.



Fuente: Ctxt

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