martes, 27 de enero de 2026

Belleza, pérdida y resistencia: reflexiones desde Cabo Cope

 

   Coordinador de Administración Autonómica de FSC-CCOO Región de Murcia.


     No hablaremos de Venezuela, aunque el mundo nos empuje a hacerlo. Hoy toca hablar de la belleza: la que hemos perdido y la que algunos quieren arrebatarnos. Aspirar a la paz perpetua es cosa de místicos o ingenuos. Somos seres pequeños que se confunden con el paisaje, con su luz y su sombra, con la mirada del cosmos y la mano siempre tensa de la humanidad. Algo de eso se percibe cuando se antepone la captura del tirano al derecho internacional basado en reglas.

Se ha interpretado el réquiem de una gobernanza mundial sustentada en normas. Pero no debemos olvidar la ruptura casi diaria de los consensos nacidos tras la II Guerra Mundial: que en democracia no hay enemigos, sino adversarios; que el racismo, la xenofobia, la desigualdad de género y el uso bruto de la fuerza son rechazables siempre y en todo lugar; que el conocimiento, incluido el social, se rebate mediante el método científico, no mediante ideología; que vivimos en un mundo finito con recursos finitos, donde decrecimiento y optimismo tecnológico deben dialogar desde la responsabilidad y el bien común.

Sin embargo, asistimos a un revisionismo irracionalista que impugna valores universales desde Las Luces. Y también tiene reflejo en la Región de Murcia. El caso de Pedro Costa Morata lo demuestra: hay quienes quieren despojarlo del título de Hijo Predilecto de Águilas. No por su labor investigadora ni por su calidad académica, tampoco por haber evitado la instalación de una central nuclear en su tierra natal.


Pedro Costa Morata

La causa es más prosaica: Costa Morata fue clave para que el litoral de Cabo Cope y Puntas de Calnegre no quedara arrasado por el turismo residencial, tan del gusto de los constructores patrios, aunque con un toque elitista defendido en su momento por el Gobierno Regional.


Parque Regional de Cabo Cope y Calnegre.

Para muchos —incluido quien escribe— la preservación de este litoral bastaría para nombrarlo Hijo Predilecto de la Región de Murcia. 


La montaña litoral de Cabo Cope, al fondo, con la torre defensiva del siglo XVI en primer término.

Solo hay que recorrer Cabo Cope y Puntas de Calnegre, a pie o en bicicleta, para respirar belleza, luz y vida: atributos que ya no existen en el Mar Menor, donde «el mar reverberaba a la luz del sol como un mantel de hule», donde se contemplaba «el paisaje vacío, el agua quieta, los juncos inmóviles« y donde «la luz vesperal impregnaba el aire de una fosforescencia indecisa». Así lo describió Juan Goytisolo en Fin de fiesta (1962).

Dos años antes, Goytisolo publicó Campos de Níjar, donde indaga en un paisaje árido pero con una luz intensa que lo dota de belleza extraña y silenciosa. Posiblemente tomó notas para ambos textos en un mismo viaje, a finales de los cincuenta. Entonces halló paisajes silenciosos cuya señal de identidad era la pobreza. El Mar Menor murió, La Manga también, y ya no pudo ser reserva de la biosfera ni envidia de la humanidad, como lo son hoy Doñana o Cabo de Gata, en los Campos de Níjar, donde «el color no es color, es tan solo la luz. Y la luz sucedía a la luz en las láminas de tenue transparencia» (José Ángel Valente).


El Mar Menor murió.

¡Son tan pocos los motivos, pero tan hermosamente universales, para que Costa Morata siga siendo Hijo Predilecto de Águilas y se le conceda el de la Región! Que algún poeta o escritor pueda aún en 2026 describir la belleza de ese territorio contemplado por los dioses y por nosotros, los mortales, es suficiente. Como lo hizo Carmen Conde en Los poemas del Mar Menor («¡Oh mar de mi tierra/oh mar de Palestina!»), Valente o Goytisolo con el Cabo de Gata.



Fuente: La Opinión de Murcia

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